Desesperanza de la desinformación

Leí o escuché que la sensación que experimentas cuando alguien te observa es algo que los científicos no han podido explicar.

Cuando comencé a administrarme insulina en público siempre me limitaba a ir al baño o a hacerlo por debajo de la mesa directo a mis piernas o mi torso. No es fácil, te sientes expuesto, no creo que haya alguien que haya llegado al diagnóstico y se haya pinchado en un restaurante atiborrado de gente con mucha felicidad, y si existe alguien así… ¡eres lo más!

Una tarde, meses después de mi diagnóstico, cuando la primavera llegaba y me encontraba feliz sin tantas capas de ropa (por fin) en una mesa justo al centro del lugar. Y bueno, ya saben, hay que aplicar bolo, porque a uno le da eso que le llaman… hambre.

Ya había pasado mi etapa de vergüenza, ya no cerraba mi pequeña hielera de tela cuando la mesera se acercaba con la orden, simplemente sacaba mi insulina y con bastante habilidad contaba los carbohidratos mientras sacaba unidades de insulina a la jeringa (habilidad de la cual estoy orgullosa, sabiendo que siempre he sido pésima con los números).

Pocas veces en la vida he sentido miradas, no es algo que haya experimentado muchas veces y creo que lo agradezco. Ahí estaba, con la jeringa en la barriga y de golpe giré mi cabeza, la inercia de esa sensación apabullante me obligó, no lo evité.

Y ahí estaban, ahí se encontraban los ojos que asechaban mi tranquilidad; una mujer con cara de repudio y desagrado me observaba fijamente.

Primero sentí vergüenza, después enojo y no dejé de mirarla hasta que se cansó y volteó a otro lado. Debo confesar que tuve muchas ganas de pararme y defenderme, nadie debería mirarnos así, nadie debería sentirse ofendido porque intentamos mantenernos con vida.

Después sentí tristeza, tristeza de la gente que vive encerrada en sus realidades, que pasan los días y no evitan salir de su burbuja. Pensé y mi mente dio muchas vueltas, porque quizá debí de acercarme a explicarle de un modo amable y educarla un poco al respecto y así, ese día habría llegado a su casa sabiendo que existe la diabetes tipo 1. En mi mente, fue como si me reconociera a mí misma como testigo de alguna creencia suprema partidaria de la pereza de las células beta.

Paré el hambre con un nudo en la conciencia, prometiendo que ante la próxima mirada de desagrado haría algo al respecto.

Porque deberíamos hacer algo al respecto.

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