Un número

Hola, mi nombre es Karime y soy un número.

333, el primer número que se añadió a este camino, un dolor de estómago lo acompañaba, una angustia, un nuevo comienzo.

Después, números más altos desfilaron, iban y venían.

El primero más bajo: 56, mientras veía la ciudad desde el techo de mi casa y corrí a poner a mi pequeño bebé en un lugar seguro, tomé algo de refresco y llamé a una vecina para que viera por mi hijo si algo pasaba, tuve miedo, como nunca.

Nuestra curiosidad es parte de nuestra humanidad, cuando te encuentras en comunidad te persiguen dudas. Queremos saber lo que nuestros pares experimentan, sabemos que en nuestro entendimiento se guarda la empatía.

“¿cuáles son sus números más bajos? ¿los más altos? ¿su hemoglobina? ¿cuántos CAD? ¿Con qué número debutaron?”

Alguien dijo 666, puede que hayamos reído bastante.

Soy un número.

89 es un número que se repite constantemente cuando despierto y aunque sé que 86 o 93 son aceptables, me molesta un poco que la glucosa no respete ese deseo de que siempre sea lo mismo. Que fuera lo mismo, haciendo lo mismo, eso desearíamos. Desearía tantas cosas.

En mi mente se revuelve la idea de que somos números. Ahora mismo, mi glucosa tiene un número y mis dedos se sienten algo cansados de emanarlos. La pantallita está clavada en una parte de mi memoria, los números vienen con los recuerdos… “Recuerdo, aquella hipoglucemia: 54, 3 a.m., un mazapán me salvó la vida.  Mis amigos mortales sin diabetes nunca podrán usar esa frase, me digo y rio. El banco de la cocina me sostiene, esto no me dejará levantarme en la mañana.”

Mi cajón superior está lleno de dulces, dulces que no quiero utilizar jamás.

No quiero que un número aparezca para decirme que necesito un pinchazo más y otro más porque la insulina se le ocurrió que no quiere funcionar. Bebo agua, ese número me tortura.

Soy Karime, soy un número, siempre los odié tanto, por eso me dediqué a las humanidades.

Y si somos números, que seamos números felices.