¿Por qué sientes pena por mí?

Las escaleras del hospital marcaban el número de calorías que quemabas por escalón. Subí y bajé unas seis o siete veces tres pisos, quizá quemé unas 2000, aunque se sintieron como su hubieran sido unas 2000 más. Afuera, un viento te arrancaba del cuerpo un filo helado, ya comenzaba a llover.

Ahí estaba yo, dejándome caer en las terribles garras del sistema de salud mexicano. “Baja a jefatura a que te autoricen tu insulina, después vas a farmacia a que autoricen ellos y ya después subes por tu receta.” Sin contar que en la farmacia había que llevar una copia de la autorización que tuve que sacar en un puestecito en la puerta del hospital. ¡Con esta intemperie!… La chica que amablemente las recibía, hacía su trabajo en una pequeña impresora y sólo se protegía del aire helado con lo que traía puesto y el pequeño cubículo improvisado ante la larga fila de personas que lamentablemente, tenían el mismo cometido que yo.

Mi paso por jefatura clínica fue extraño, han pasado cerca de 5 años que decidí apartarme del sistema de salud mexicano y aunque en ese tiempo había logrado dominar bastante bien los trámites y recordar qué papel iba a qué ventanilla, me vi confundida, triste y preocupada. Como ventaja, esta vez llegué empoderada en mi condición, educada y consiente. Vi con ojos más claros el dolor y frustración que viven los pacientes y los trabajadores, ¡Si tan solo se trataran con más amabilidad unos a otros! ¡Véanse! ¡Son hermanos del mismo mundo!

Me llamaron, el grito típico, todos hablan, el bullicio, el cansancio de la media jornada. “¡Karime Moncada!”, en ese momento esperaba que la hoja autorizada regresara a mis manos lo más rápido posible y así poder ir a la siguiente ventanilla por otro trámite innecesario. Después de todo, una larga fila esperaba por la ventanilla y la mujer tras de mí tenía el rostro de coraje por algún problema que había tenido en otra ventanilla, casi a gritos le contaba el problema a su acompañante, al ver la pausa que hizo la persona de la ventanilla al llamarme, colmé su paciencia.

“¿Eres diabética tipo 1? No sé cuantas veces oí ese día el “diabética”, sonreía y amablemente decía “sí, vivo con diabetes tipo 1”. “¿Te llamamos el año pasado?” Sea lo que haya estado pasando, tuve que explicarle que realmente era nueva en la ciudad, para una respuesta corta. Al parecer era algo relacionado con pacientes con diabetes tipo 1 y retinopatía diabética. En fin, ese no es el punto. Lo importante aquí es cuando me preguntó cuánto tiempo tenía con diabetes. Siempre reviso en mi memoria las veces que sean necesarias, la mayor parte del tiempo ignoro en qué año vivo.

“9 años”

La cara que dio a mi respuesta fue lo que más me dolió en ese momento.

¿Has visto el rostro que la gente pone cuando le cuentas la muerte de alguien cercano?

He vivido dos muertes estos últimos años: mis padres. Esa expresión de pena que se dibuja en el rostro de la gente al saber de las pérdidas irreparables se envuelve en dolor. Es triste, pero reconozco esa expresión bastante bien. Y ahí estaba esta dulce señorita, poniéndome cara de dolor. Titubeé, tomé la hoja, le di mis datos para que me llamaran. Vi la expresión de la mujer tras de mí, el enojo se volvió confusión. Yo habría sentido confusión.

¿Por qué sientes pena por mí?

Y yo diré como alguna vez escribió otra gran compañera de diabetes: “[…]Pobre de mí no. Nunca. Pobre del que no logra aceptar su vida como es. Pobre de quien piensa en su historia alternativa como si fuera dominante. No, pobre jamás.”

Yo no he perdido nada. Con mi diabetes, gané la vida.

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